El entrenador gana importancia y desaparece del banquillo

Si dejamos a un lado el baloncesto profesional y simplificamos al máximo, podemos decir que la organización de nuestro deporte está estructurada de una manera muy sencilla y absolutamente vertical. En la cúspide de la piramide están las federaciones. Les siguen los clubs, y en la base, los jugadores que, a pesar de que son los que verdaderamente sostienen el invento, son dejados casi siempre al margen de cualquier tipo de decisión que les afecte. El pegamento que mantiene unido todo esto es la figura del entrenador. Una figura impuesta para garantizar el orden y el control en toda la estructura. Paradójicamente (o no tanto) es, con mucho, la parte más débil del sistema. En entrenador es, pues, la primera figura de poder con la que se encuentra cualquier jugador. El entrenador es el que decide qué tipo de formación (siempre que exista) va a ofrecerle, qué compañeros va a tener, cuántos minutos va a jugar, cómo debe jugarlos y qué decisiones ha de tomar por el supuesto bien del equipo.

Sin entrar demasiado a fondo en la cuestión podríamos decir que la tarea del entrenador tiene, tradicionalmente, una doble faceta: por un lado, entrenar durante la semana; por el otro, dirigir los partidos de competición. Hoy en día existen muchos entrenadores de 5x5, de los mal llamados de formación, que llevan a cabo sus entrenamientos semanales como si se tratara del partido del fin de semana. Podríamos decir que únicamente dirigen, con el obligado repertorio estándar de gestos, gritos y malas caras, y en un estado casi permanente de mal humor (tengamos en cuenta que su modelo de referencia es el entrenador profesional histriónico) ya que los jugadores nunca hacen exactamente lo que ellos quieren. Para esta clase de técnicos todo es mucho más sencillo. Ellos solo saben (es un decir) dirigir, los jugadores ya han de venir previamente formados por quien sea. Poco importa, ese no es su trabajo. Su trabajo es dirigir para vencer. Si no se gana la culpa recaerá siempre en el jugador, que no ha sido formado adecuadamente.

Por suerte este es uno de los grandes cambios del 3x3. No se permite (es norma Fiba) la presencia de un entrenador en los partidos. Sí que son bienvenidos para preparar una competición o mejorar el nivel de los jugadores. De modo que el entrenador permanece en la sombra: entrena, cuando existe, entre una competición y otra, y en los partidos, si es que va, se queda en la grada. Su objetivo casi único, es entrenar para que los jugadores aprendan a tomar decisiones y funcionen por sí mismos. Justo lo contrario de lo que ocurre en el 5x5 donde las decisiones las toma el entrenador e intenta evitar que el jugador piense y actúe por sí mismo. El posible éxito es siempre suyo. Si la decisión no ha sido acertada será el jugador el responsable. En el 3x3 el entrenador ha de hacer honor a su nombre, es decir entrenar. No ha de dirigir en absoluto. La interpretación de lo que ocurre en la pista y la dirección del proceso de la competición pertenece en exclusiva al jugador. La labor de formación alcanzará por fin y quizás su máximo exponente. Formar para que cada jugador, con su reducido número de amigos (llamémosle también equipo por ahora) sea capaz de pensar y evolucionar por sí mismo. Finalmente el entrenador como acompañante de un proceso, no como actor protagonista. Hay que tener en cuenta la gran diversidad de provincias y de clubs que existe en nuestra geografía. De lo que hablo aquí es de un modelo de organización bastante extendido y con una forma de comportamiento social muy parecida. Los clubs los forman chicos y chicas, que son organizados en equipos por sexo, por edad y a veces, aunque no siempre, por nivel. Al frente de cada uno de ellos hay (es obligado que haya) uno o más entrenadores. Son los encargados del control. Cada federación obliga a tener un entrenador por equipo, formado previamente en y por las propias estructuras federativas. Su presencia también es obligatoria en todos los partidos de la temporada. Se les suele formar sobre todo para competir, para ganar, sin importar el nivel en que se desarrolle su particular competición. El modelo de referencia es el baloncesto profesional. Considero que el baloncesto de formación está dejando de existir como tal. Solamente, cual aldea gala, persisten algunas entidades y entrenadores que, a contracorriente, intentan que sus jugadores vean el baloncesto de otra manera que no sea la exclusivamente competitiva.